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Category 6 – Stories about suicide (thoughts, attempts, or overcoming it)

Textos de personas que actualmente enfrentan un problema de salud mental

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Marisol 1 F Y Y at 08:55
Autopsia de una sonrisa

La autopsia de una sonrisa
Se quitó la vida y no pude hacer nada para evitarlo… No sé por qué lo hizo. Era mi mejor amigo en la universidad, pero nunca me dijo que tenía problemas ni que estaba sufriendo de depresión. De hecho, nunca lo vi triste. Era tímido y reservado; pero parecía tenerlo todo, o al menos eso pensé… Nunca olvidaré el día en que se suicidó; porque ese día, no solo perdí a mi mejor amigo de una manera inesperada, sino que varios compañeros y yo casi perdemos la vida al ser identificados como los responsables de su muerte.
***
Universidad Autónoma Metropolitana, 1989
Mi nombre es Sofía. Cursaba el tercer semestre de la carrera de Biología Experimental junto a mi mejor amigo Tonatiuh. Él y yo nos conocimos cuando iniciamos nuestra educación superior, y desde ese día nos hicimos inseparables. Tonatiuh era un joven callado e introvertido, mientras que yo era una chica extrovertida que amaba lo gótico y gustaba de defender a los débiles frente a la injusticia. Tona, como yo le decía, era un joven de un metro ochenta que se parecía mucho a Tizoc. Esa película de Pedro Infante que solía ser transmitida en la televisión durante mi infancia. Neta, eran igualitos. Piel morena, ojos marrones y una bondad que emanaba de sus poros… y, como si no fuera suficiente, se peinaba igualito que Tizoc. Así que ya imaginarás nuestra relación. Yo, comiéndome a la gente viva cada vez que se mofaban de él debido a su gran similitud con ese personaje, y él, derramando amor y benevolencia a todo el mundo. Tona decía que ya solo me faltaba ladrar de lo intensa que me ponía cada vez que lo defendía, cuando a sus espaldas tarareaban la canción de Tizoc y se mofaban de él. No sé por qué, pero con mi uno sesenta de estatura, me sentía invencible. Afortunadamente, nadie nunca respondió a mis agresiones verbales; no obstante, sí dejaron de reír. Tona decía que porque mi mirada era intimidante. ¿Cómo un rottweiler? Preguntaba muy orgullosa de mí. No, como un chihuahua. Respondía burlándose de mí, por mi pequeña estatura y mi escasa silueta… Reíamos tanto, que acabábamos correteándonos por todo el patio de la universidad como si fuésemos adolescentes.
Tona y yo teníamos un sueño en común. Terminar la universidad, estudiar una maestría y ser investigadores en instituciones importantes; por eso nos gustaba competir entre nosotros para ver quién lograba las mejores calificaciones. Casi siempre él ganaba, aunque nunca estudiaba porque tenía que trabajar en la maderería de su padre. Nunca se lo dije, pero Tona fue un modelo que me inspiró a esforzarme más.
Un día, Tona me dijo que le gustaba una chica de nuevo ingreso llamada Miriam y que quería que ella fuera su novia. Me alegré por él porque casi siempre estaba solo. En la universidad, solo me tenía a mí, y fuera de ella, a Gustavo. Un amigo de la secundaria que vivía cerca de la casa de Tona y que nunca conocí. Cuando me la presentó como su novia, me sorprendí mucho. Era una chica de mi estatura, con pelo largo y lacio, piel blanca y ojos verdes. ¡Parecía española! Estaba muy impresionada. Tona no solo se parecía a Tizoc; su historia también era parecida a la de él, cuando María Féliz se enamora de Tizoc… Tuve miedo de que ella le hiciera daño, pero luego me sentí tranquila al darme cuenta de que Miriam era tan tímida como Tona.
***
—Chicos, este semestre voy a evaluar con una práctica de campo en las grutas de Tolantongo —dijo la maestra Lucía, de la clase de histología vegetal—. Quiero que todos se preparen porque partimos a finales de este mes. Vamos a estar dos semanas.
No lo podía creer. Era el inicio del cuarto semestre y, por suerte, en esa clase estaban varios de mis amigos. Tona, que ya conocen; Olivia y su novio Raimundo; Alfredo, un chico judío con quien estaba empezando a salir; y René, Bruno, Carlos y Mauricio, los cuatro mejores amigos de Alfredo, con quienes me llevaba muy bien. Estaba muy emocionada, porque todo mostraba que nos divertiríamos mucho.
***
Una semana antes del viaje, Olivia, Raimundo, Alfredo, Tona y yo nos encontramos en la casa de Olivia para hacer una lista de lo que necesitaríamos. Dana también estuvo presente. Una amiga de bachillerato que empezó la universidad un año después de mí. Dana no solo nos ayudó a hacer la lista, sino que también nos prestó varias mochilas y la tienda de campaña porque ella practicaba el campismo.
—Dices que Olivia, Raimundo, Alfredo, tú y yo nos quedaremos en la misma tienda de campaña, ¿verdad? —me preguntó Tona con una sonrisa traviesa.
—Sí. Es una tienda grande, ¿por qué?
—Porque entonces tendré que comprar pastillas para dormir. No quiero estar escuchando los gemidos de Olimpia y los tuyos.
—¿Gemidos…? ¿Cuáles gemidos?
—Los que se van a oír en la tienda por la noche —dijo Tona mientras me hacía cosquillas en la barriga.
—¿Estás loco? ¿Cómo crees? —inquirí muerta de la risa por tanta cosquilla.
—Va a ver gemidos, va a ver gemidos —repitió Tona varias veces, sin parar de hacerme cosquillas.
—¡Ya, Tona! —dije, en medio de mi ataque de risa—. Sigue con esto, y presiento que uno de los dos no regresará de este viaje —comenté bromeando.
—Pues, solo que seas tú —dijo Tona—. Quizás elijas quedarte a vivir allá con tu amorcito.
—¡Ya, chicos! ¡Parecen niños! —gritó Olivia—.
***
Finalmente, llegó el día que tanto esperábamos. La mañana estaba fría y todos tomábamos café mientras poníamos las mochilas en el maletero del autobús, que estaba afuera de la universidad. La maestra Lucía hablaba con algunos estudiantes, mientras yo le agradecía a Dana por llevarnos en su auto y me despedía de ella. Salimos alrededor de las siete de la mañana. El autobús solo se detuvo cuando llegamos a Ixmiquilpan, para que todos pudiéramos ir al baño. Eso nos tomó un tiempo porque éramos unos cincuenta estudiantes. Así que aprovechamos para tomar algunas fotos del lugar. Tona no quiso tomarse fotos; no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue su cambio de opinión, pero solo si nos tomábamos la foto del recuerdo en un edificio con un reloj en el centro. El edificio no nos pareció interesante; pero como Tona insistió mucho, Olivia tomó la cámara y nos sacó una foto a Tona, a Raimundo y a mí.
Cuando llegamos a Tolantongo y bajamos del autobús, todos quedamos impresionados por la belleza del lugar.
—Me gustaría mucho morir aquí —dijo Tona, mientras disfrutábamos del paisaje juntos—. Así podría ser parte de la montaña y el río para siempre.
—Pues, el paisaje es muy bonito —dije, creyendo que Tona se refería a algo simbólico.
Cuando acabamos de montar el campamento, Tona me enseñó unas pulseras y collares de colores brillantes que compró para Miriam, en Ixmiquilpan. También tenía un poema que quería leerle cuando se los diera. No me enseñó el poema, pero, como me gusta lo gótico, ya puedes imaginar lo que pensé de esas pulseras y collares tan coloridos.
—¡Ay, Sofy! —exclamó Tona—. Parece que la bolsa estuviera llena de caca —dijo entre risas al ver mi expresión—. ¡No inventes! —exclamó—. Sé que, si fuera por ti, estarías viviendo en un mausoleo, pero no exageres —comentó—. Te conozco y sé que tú nunca harías algo así, ni permitirías que alguien lo haga por ti. Pero créeme, a Miriam le va a encantar este regalo. No puedo esperar a ver su expresión cuando le entregue esto y le lea el poema. Es lo que más deseo en el mundo.
***
Los días pasaban y yo me sentía muy feliz. El viaje se estaba volviendo una aventura. Por la mañana, cruzábamos el río, subíamos a la montaña y recogíamos muestras de varias plantas. Llevábamos nuestra comida en las mochilas y comíamos en la montaña. René, Bruno, Carlos Mauricio y Alfredo hacían un buen trabajo cuidándonos. Antes de las seis de la tarde, volvíamos al campamento, revisábamos las muestras y preparábamos la cena. Los chicos sacaban una guitarra después de cenar y todos cantábamos alrededor del fuego. Los últimos tres días, tuvimos la oportunidad de visitar las grutas y las cuevas llenas de murciélagos, además de dos albercas que estaban una al lado de la otra. Fue en ese momento cuando Tona empezó a alejarse del grupo. Volvía al campamento por la noche y, cuando le preguntábamos dónde había estado, solo sonreía. Una noche, pensamos que se había quedado al otro lado del río, porque no vino a dormir. No pensé que tuviese que preocuparme por él. Al final, todos éramos adultos, y Tona siempre había sido una persona aislada y solitaria. Recuerdo que, en la última noche del viaje, la maestra Lucía le pidió a Tona que cantara una canción. Tona agarró la guitarra y empezó a cantar la canción de Tizoc. Todos nos sentimos muy conmovidos por su forma de cantar; sin embargo, me sorprendió que eligiera precisamente la canción con la que muchas personas alguna vez se burlaron de él. Pero no hice ningún comentario.
***
Era viernes, el viaje ya había terminado y debíamos regresar. Nos llamó la atención que Tona no estuviera en la tienda de campaña cuando nos despertamos. Confiados de que iba a regresar, todos acordamos ir a nadar en las albercas antes de desmontar el campamento. Los que sabían nadar fueron a la fosa de clavados y los que no sabían, a la alberca más baja. Me sorprendió descubrir que la fosa y la alberca estaban unidas por debajo del agua a través de una ranura. Así que, si no estabas atento, podrías terminar en la fosa sin darte cuenta. Decidí sentarme al lado de la piscina y disfrutar viendo a los que sabían nadar, saltando del trampolín repetidamente. Se estaban divirtiendo mucho.
Cuando llegó la hora de desmontar el campamento, empecé a preocuparme porque Tona no volvía. Tomé su mochila y la mía, esperando que no tardara mucho. No había pasado ni una hora cuando un grito fuerte y aterrador llamó la atención de todos: “¡Está muerto! ¡Está muerto!”. Todos corrimos a las albercas para ver qué sucedía. A lo lejos vimos a Olivia en la fosa, al lado de un cuerpo y varias personas que no conocíamos. “¡Es Tonatiuh!”. Gritó Raimundo cuando se acercó. Alfredo y sus amigos llegaron de repente y, de inmediato, Alfredo empezó a hacer la maniobra de Heimlich para intentar ayudar a Tona.
—¡Para, ya! —dijo el hombre que sacó a Tona de la fosa, dirigiéndose a Alfredo—. ¡Está muerto! ¿Qué no ves? El cuerpo ya estaba flotando cuando lo saqué—comentó—. ¡Míralo bien! Está vomitando jugos gástricos.
Una de las compañeras entró en un ataque de pánico y empezó a gritar como loca, mientras las otras mujeres lloraban con angustia, menos yo. En ese momento, mi cerebro se encontraba en blanco; no era capaz de reflexionar ni de experimentar emociones. Fue como si el alma se hubiera escapado de mi cuerpo. La joven, en pánico, corrió hacia mí, me tomó de los hombros y comenzó a sacudirme con fuerza una y otra vez, proclamándome a la cara que Tona había fallecido. Lo único que se me ocurrió para deshacerme de ella fue darle un gran bofetón. “¡Sofy, no! Gritó Alfredo, y me abrazó con fuerza, mientras René se llevaba a la chica, con la mejilla roja, pero más calmada. Pedí a Alfredo que me dejara sola y me dirigí hacia el río. Al llegar, me senté en la orilla.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunté a Tona con mucha tristeza, imaginando que podía escucharme—. No entiendo nada —dije con la voz temblorosa—. Por favor, Tona, cuéntame qué sucedió… ¿Por qué estás muerto…? ¿Qué estabas haciendo en la fosa, si tú no sabes nadar? ¿Te caíste? ¿Fue un accidente?
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero cuando me levanté para volver al campamento, vi que Alfredo se quedó cerca para cuidarme. Le agradecí con la mirada y regresamos juntos.
***
Me sentía perdida. Los policías llegaron al campamento y empezaron a tratarnos como si todos fuéramos culpables de la muerte de Tona. Nos dijeron que no podíamos desarmar el campamento hasta que se hiciera una investigación completa sobre lo que pasó. Cuando llegó la morgue, el cuerpo de Tona, cubierto con una cobija, fue llevado a la parte trasera de una camioneta pick-up de la policía. Se pidió que algunos de nosotros lo acompañáramos. Agarré la mochila de Tona, saqué la bolsa con las pulseras de Miriam y se la entregué a la maestra Lucía. “Acompáñanos.” Dijo. Alfredo, Bruno, René y yo subimos a la camioneta rodeando el cuerpo de Tona, para acompañarlo. Mientras la maestra Lucía se subía a la parte de adelante de la camioneta. Nunca me había sentido tan vacía. Todavía no podía llorar. Estaba muy confundida y me irritaba mucho que el cuerpo de Tona se moviera y golpeara contra el piso cada vez que pasábamos por un bache, mientras los policías se reían como si estuvieran llevando cerdos. Me agaché para sostener su cuerpo. Alfredo, Bruno y René hicieron lo mismo.
Al llegar a Ixmiquilpan, se notaba un ambiente diferente. Las personas del lugar nos miraban con desdén, mientras dos de los policías que estaban con nosotros sonreían de forma extraña. El miedo empezó a llenarnos y no sabíamos qué hacer o decir. Cuando arribamos a la comisaría, me di cuenta de que era el mismo edificio donde Toná había querido que nos tomáramos la foto del recuerdo. Sentí un frío intenso solo al pensar que Tona había elegido ese lugar, sabiendo que regresaríamos sin él. “¿Es una broma?”, le pregunté a Toná mientras miraba de reojo al cielo.
Al entrar a la comisaría, la maestra solicitó permiso para usar el teléfono y llamar al rector. Luego, se comunicó con el abogado de la universidad; pero, lamentablemente, él estaba fuera de la ciudad y no regresaría hasta el lunes. Quiso llamar de nuevo al rector, pero no la dejaron.
Incomunicados y sin saber qué hacer, uno por uno fuimos pasando para que nos tomaran declaración. Al principio nosotros, y luego todos nuestros compañeros cuando llegaron. De esta manera, todos coincidimos en afirmar que eran las 10:30 am cuando estábamos nadando en las albercas.
***
Amanecía y todos estábamos muy cansados esperando los resultados de la autopsia, con la esperanza de que se aclarara la muerte de Tona y nos dejaran de acusar. Quizás un infarto, una crisis convulsiva o algo que hiciera que nos dejaran ir. Pero nos sorprendió mucho cuando la maestra salió de la oficina del comandante y nos dijo que nadie podía salir del pueblo hasta nuevo aviso. Los resultados de la autopsia ya estaban disponibles y mostraron que Tonatiuh murió por “sumersión”. Esto significa que hubo entrada de agua en las vías respiratorias, lo cual pudo haber sido por accidente o intencionalmente, y que el evento ocurrió a las 10:30 am.
No lo podíamos creer. ¿Cómo era posible que Tona muriera ahogado, exactamente cuando todos estábamos nadando? Peor aún, sin que ninguno de nosotros lo viera. Era imposible. Tona estaba vestido cuando murió. Pensé. Debimos haberlo visto… Comencé a hacer un recorrido mental dado que estuve sentada por mucho tiempo en la orilla de la alberca, y solo recordaba haber visto personas vestidas con su traje de baño. ¿Acaso Tona eligió morir en compañía de todos nosotros, cuidándose de no ser visto? Comencé a preocuparme. No quise decir nada a nadie, pero me angustiaba que Tona hubiera insistido tanto en que nos tomáramos la foto del recuerdo afuera de la comisaría, como si diera por hecho que ese lugar iba a ser parte de esta historia. Y, peor aún, que me haya dicho que quería morir en Tolantongo, sin que yo le haya creído. A partir de entonces, todo se puso peor. Incautaron las llaves del autobús para que no pudiéramos irnos. No teníamos ni dinero ni comida, por lo que juntamos las sobras para el desayuno de ese día. Después, solo tomábamos agua de la llave para sobrevivir. Era muy frustrante, porque no nos dejaban entrar a la comisaría, y en el autobús hacía mucho calor. Solo nos quedaba dar vueltas en el quiosco mientras el sol se ponía, antes de ir a dormir en el autobús.
Cuando llegó el domingo, se comenzó a decir que los padres de Tona ya habían sido avisados y que se esperaba que llegaran por la noche. Nos pidieron que nos ocultáramos en el autobús debajo de los asientos para que la mamá de Tona no nos viera. Cuando se enteró y creyó que uno de nosotros había matado a su hijo, llegó al pueblo lista para atacarnos. Fue muy aterrador. La señora gritaba con angustia que le trajéramos de vuelta a su hijo. Nos trató de asesinos. Nos maldijo y prometió vengarse de todos nosotros mientras golpeaba el autobús con mucha fuerza, asomándose por las ventanas. La policía le gritaba que se detuviera, intentando hacerle creer que no estábamos en el autobús, mientras todos los chicos nos mantenían pegadas al suelo, pidiéndonos que no hiciéramos ruido. Nos quedamos así hasta que se marchó.
El lunes por la mañana, la maestra nos dijo que ya había hablado con el rector y que dos abogados vendrían a sacarnos de ahí; solo teníamos que esperar. Mientras tanto, en la universidad se había difundido la noticia sobre lo que estaba ocurriendo. De inmediato, se agruparon para conseguir dos autobuses y venir a ayudarnos. A las tres de la tarde, el hambre nos hizo perder la cordura. La fatiga, el mareo y la irritabilidad nos hicieron enloquecer. Habíamos esperado mucho tiempo, pero ahora ya no seríamos pacientes. Sin más, fuimos a la comisaría exigiendo que nos dieran las llaves del autobús. Varios policías hicieron una barricada para bloquear la entrada, junto con algunos vecinos que se unieron a ellos. “Tenemos hambre”. Gritábamos todos. “Somos inocentes, así que ya no vamos a esperar más”. Alfredo me puso detrás de él, pidiéndome que no me alejara pasara lo que pasara… Pensé que sería el final para nosotros. Pero el claxon de dos autobuses con letreros que decían: “Universidad Autónoma Metropolitana, estamos con ustedes”. Comenzó a sonar. Las lágrimas que estaba conteniendo en mis ojos empezaron a caer. Nunca imaginé que tantas personas vendrían a ayudarnos. Estudiantes, padres y maestros empezaron a bajar de los autobuses, Dana y los abogados incluidos, mientras los policías y los habitantes del lugar se apartaban. Corrí a darle un abrazo a Dana. Recuerdo que la primera pregunta que le hice fue: ¿Tienes comida…? Todos disfrutamos de lo que trajeron para comer y beber, mientras los abogados, la maestra, el comandante y otros miembros de la policía se reunieron a puertas cerradas para platicar durante un par de horas. Después, a todos nos dejaron ir.
***
Al llegar a la universidad, todos los estudiantes comenzaron a aplaudir para darnos la bienvenida. Me sorprendió ver a Miriam buscando a Tona, como Penélope a su amado; conservaba la esperanza de que el chico que murió no fuera Tonatiuh. Me acerqué a ella con mucho dolor. Saqué el poema de la bolsa y le di la bolsa para que viera lo que había adentro.
—Tona, las compro para ti —dije con la voz entrecortada, mientras las lágrimas de Miriam caían por sus mejillas—. Déjame leer un poema que Tona quería que oyeras de su propia voz —dije—. Imagina que es él, ¿quieres? —pregunté, y empecé a leer—. “Amo el canto del cenzontle, pájaro de cuatrocientas voces, amo el color del jade y el enervante perfume de las flores; pero amo más…” “A Miriam, por ser parte de mí, y el amor de mis amores”.
Luego, entregué el poema a Miriam, dándome cuenta de que Tona había cambiado el final de ese poema. “No puedo creer que hice esto”. Dije a Tona mientras miraba al cielo. “Solo espero que hayas visto la cara de Miriam cuando leí el poema, porque yo no pude hacerlo.
***
Al día siguiente, en la universidad, solo se hablaba del funeral de Tonatiuh. Alquilaron varios autobuses para transportar alumnos y estudiantes. No me atreví a ir porque la voz de su madre retumbaba en mi cabeza, culpándonos a todos por la muerte de su hijo. Así que decidí irme a mi casa a dormir; no quería pensar. El miércoles, Olivia y Raimundo me dijeron que la muerte de Tonatiuh se había declarado suicidio. Se descubrió que Tonatiuh engañó a sus padres al decirles que iba a casa de su amigo Gustavo, en lugar de que saldría de viaje. Luego, Gustavo dijo a la autoridad que Tonatiuh tenía varios intentos de suicidio, frustrados precisamente por sus padres. Porque al parecer, tenía graves problemas con ellos. Un fuerte sentimiento de culpa comenzó a invadir mi cuerpo, sin dejar de pensar que quizá yo pude evitarlo. Comencé a cambiar sin darme cuenta. No comía, no dormía y estaba perdiendo mucho peso. Me sentía culpable por la muerte de Tona porque le dije que uno de los dos no volvería de ese viaje, y no presté atención cuando me dijo que quería morir en ese lugar. Mi padre lo notó, y me llevó con una psicóloga. La psicóloga me escuchó y me comentó que hay personas que esconden sus sentimientos detrás de una sonrisa para cuidar a los demás, ya que no quieren preocupar a su familia o amigos. Piensan que esconder su dolor es una manera de proteger a sus seres queridos. Algunas personas lo hacen por temor a ser rechazadas o juzgadas. Pueden creer que, al mostrar su vulnerabilidad, serán vistas como débiles o incomprendidos. Y otras, porque les gusta hacer felices a los demás. Desde pequeños, aprenden a ser “los fuertes”, “los divertidos” o “los que siempre ayudan”. Mantener esa imagen puede llegar a ser una parte de su identidad, incluso en momentos de sufrimiento. Otros, porque sienten que no están conectados. Aunque estén entre muchas personas, pueden sentir que nadie las comprende realmente. La sonrisa actúa como una máscara que impide hacer preguntas complicadas, pero nada de eso tiene que ver contigo, me dijo. Según lo que me cuentas. Tonatiuh planeó su muerte desde hace tiempo, pensando en el cómo y el cuándo.
Esa noche lloré como nunca, porque comprendí que, por mucho tiempo, mi mirada estuvo en el exterior de Tona y no en el interior. Si me hubiera concentrado en su interior, quizá hubiera podido ver lo que sufría y su historia tal vez hubiera sido diferente. Luego me dormí y soñé con él. Estábamos en la universidad. En el patio había una mesa llena de comida. Tona me llamaba desde uno de los salones más altos del edificio. “Ven”. Decía, mientras Dana me pedía que me quedara a comer con ella. Miré a Tona por un momento, sin saber a quién seguir, pero al final decidí quedarme con Dana; levanté la mano y me despedí de Tona. Me pregunto qué habría pasado si hubiera decidido ir con Tona. Quizás nunca lo sepa, pero desde ese día, mi felicidad volvió y poco a poco, regresé a ser yo.
No sé por qué Tona se quitó la vida, pero cuando pienso en él, me alegra haber sido parte de su historia. Lo único que lamento es no haber visto su dolor detrás de su sonrisa, para poder sostenerlo, antes de que decidiera quitarse la vida.

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